8 de octubre de 2012

El sueño - Barbosa Moreira Danusa María



3º Concurso Internacional de Poesía y Narrativa
EL MENSÚ EDICIONES 2012




2º ORDEN DE MÉRITO:
El sueño
Barbosa Moreira Danusa María
Pergamino (Bs. As.)


El sueño se repetía todas las noches de junio de todos los años desde que su hermana melliza había muerto ahogada en la pileta hacía diecisiete años atrás. Empezaba el día primero y seguía hasta el veintidós, aniversario de la muerte de la niña que nunca pudo crecer como ella. Con tres años, había caído al agua en la parte más honda de la piscina y, tras patalear un rato en el fondo, se fue quedando cada vez más quieta, envuelta en burbujas que se desdibujaban entre las corrientes que provocaban sus manotazos mientras abría unos ojos desorbitados y desesperantes en el fondo de su infierno. De pronto todo fue quietud. Una última burbuja subió a la superficie, flotó unos minutos sobre el agua y se deshizo al golpear con suavidad contra la lejana escalera de cemento. Entonces, ella había corrido lo más rápido que le permitían sus pequeñas piernas y a los gritos avisó a la casa completa que su hermanita se había caído a la pileta. De ahí en más, la tragedia se transformó en dolor cambiando para siempre la vida de todos en la familia.
Pese al paso de los años, ella nunca se había perdonado el no haber avisado antes, justo en el momento de la caída. No se perdonaba el hecho de haber esperado a que la última burbuja se deshiciera junto con la vida de su hermana. No comprendía el porqué se había quedado parada esperando, viéndola morir, sin hacer nada, aunque tuviera la edad que tenía. Era su melliza, su hermana del alma, su compañera de útero, de cuna y de juegos. ¿Qué le impidió moverse, hacer algo? Sentía que había alguna cosa oscura en todo eso. Algo imperdonable, vergonzoso, secreto. De nada servía que familiares, psicólogos y psiquiatras le dijeran, una y otra vez, que a los tres años no se tiene verdadera noción del peligro ni de la muerte como algo tan definitivo. No la consolaba el hecho de un accidente ni que en realidad, dos criaturas pequeñas no deberían haber estado solas jugando afuera cerca de una pileta. Tampoco la hacía sentir mejor el pensar que ella también podría haber muerto en un intento de salvar a su hermana. Ella necesitaba algo, quizás un perdón y no lo conseguía.
Cuando llegaba junio, empezaba el sueño. Lo llamaba sueño porque no era exactamente una pesadilla aunque se despertara angustiada y empapada en sudor. Se veía a sí misma, con su largo camisón rosado nadando en el fondo de la bendita pileta. Llevaba en la mano un farol encendido y el pelo largo y oscuro le acariciaba la espalda mecido por el agua. No necesitaba respirar y nadaba y nadaba, sin parar, de un lado a otro de la pileta, buscando algo que no podía encontrar. El agua era tibia y clara, agradable y ese ir y venir le resultaba sumamente placentero. Hacia el final del sueño, en un rincón veía una puerta. Se acercaba despacio. Ponía su mano sobre el picaporte, lo giraba y empujaba con suavidad, muy lentamente. Entonces se despertaba. Una angustia salobre le subía por la garganta y se instalaba en su boca. El sudor le corría por todo el cuerpo, empapándolo, como si realmente hubiera estado dentro del agua. La respiración se le hacía entrecortada y su voz desaparecía por largos minutos de dolor y desconsuelo. 
Junio le trastocaba la vida. La certeza de una verdad oculta se le hacía obsesión y no podía despegarse de su sueño que había comenzado al año de morir su hermana. Ella crecía y en la misma medida crecía también en el sueño. Al principio era su yo niño el que nadaba, ahora era ella, con sus veinte años y su camisón rosado. Durante ese mes, no podía concentrarse en nada, no podía estudiar, se enfermaba de un mal desconocido, de origen psicológico decían todos, por el cual caía en cama por varios días, con fiebre alta y ningún otro síntoma visible o invisible. El dolor de cabeza se le hacía insoportable y le estallaba en la nuca, en las sienes y en los ojos. No lloraba ni reía, no hablaba. Una ansiedad infinita la acompañaba a lo largo de las horas y la angustia le cortaba la garganta y el estómago. Casi no comía y convivía con una duermevela constante en la cual sólo su sueño tenía cabida y tinte de realidad. Un miedo sin sentido la rodeaba a través de la casa y del tiempo y el desconsuelo la atormentaba constantemente. El día veintidós todo terminaba. Estaba sana y feliz nuevamente, dueña de sí y de su vida. Sólo la acompañaba esa extraña certeza de que había algo que debía descubrir, una sensación de búsqueda constante de alguna cosa que no podía definir. Talvez fuera un secreto, una verdad oculta, un perdón, una culpa.  “Será el año que viene”, se decía siempre y seguía andando por su mundo. Sin embargo, junio llegaba y ella lo dejaba pasar, irse una y otra vez, sin saber lo que ocultaba la puerta de la pileta. Tenía terror en descubrirlo. Sabía que lo que vería estaba también en su corazón y su mente, guardado, escondido, cerrado con candados y cerrojos y por eso quizás se le fuera la vida esperando otro año más para abrirse a esa realidad oculta.   
Su terapeuta de turno le resultaba mejor que los anteriores. Con él le era más fácil abrirse y hablar de sus miedos del mes de junio sin sentirse un poco loca o rara. En mayo hablaron mucho acerca del sueño y lo que este podría significar y esconder. Llegaron a la conclusión de que si bien el sueño le producía angustia, el hecho de no considerarlo una pesadilla podía muy bien significar que ella necesitaba llegar al final de la historia. Abrir la puerta sería quizás una solución que aplacara su necesidad de perdón y de búsqueda. Decidieron que ya era hora de enfrentarse con su sueño, que sólo de esa manera podría encontrar su sanación, curarse el corazón herido, estar bien, resolver el enigma que tanto mal le hacía porque quizás el perdón que buscaba se hallara detrás de esa puerta. Así, ella se fue preparando para la llegada de junio.
La fiebre le había subido casi a cuarenta grados. Los paños fríos que le ponía su madre  en la frente se secaban tan sólo en segundos. El antifebril no hacía efecto y el médico tardaba en llegar. Ella entraba y salía de su duermevela en un estado de confusión y desasosiego. Se dejaba llevar, por momentos, hacia el bendito sueño que le calaba el alma y la vida. Trató de tranquilizarse. Cerró los ojos suavemente, se dejó llevar por la oscuridad, la tensión de la fiebre y el dolor. Relajó los músculos.
Salió al jardín. En el borde de la pileta estaba el farol encendido como siempre. Lo tomó y entró al agua. Se sumergió despacio, sintiendo el agua tibia en su cuerpo y la sensación de bienestar que esto le provocaba. Ya no necesitaba respirar. El camisón rosado se le pegaba al cuerpo y el pelo largo le acariciaba la espalda y la cara. Sintió placer. Nadó por largo rato, de un lado a otro de la pileta sin apuro y con paz. El fondo estaba nítido y claro y brillaba a la luz del farol. La puerta apareció de pronto, en el mismo rincón de siempre. Se acercó con calma y puso su mano sobre el picaporte. Lo giró y empujó lentamente la puerta abriéndola.
Apareció su hermana. La criatura pasó por la puerta con una rapidez sobrehumana gritando desaforada, completamente enajenada, “Vos me empujaste, vos me empujaste”. La furia se le notaba en los ojos y en la rigidez del cuerpo. El farol se apagó y todo fue oscuridad. Sintió un dolor punzante en el corazón, tuvo necesidad de respirar, de tomar aire. Trató de llegar a la superficie pero no pudo. Su hermana la agarraba de los tobillos obligándola a permanecer bajo el agua. Manoteó, pataleó, los ojos se le abrieron inmensos, los pulmones le estallaron y abriendo la boca enorme, trató de tomar aire. Sólo tragó agua y la siguió tragando por varios minutos que le parecieron eternos.  La rodeaban cientos de burbujas que se liberaban en la superficie del agua. Lentamente, se fue aquietando. Todo su cuerpo se relajó y expiró por última vez. Una última burbuja alcanzó la superficie, flotó unos segundos, alcanzó un borde y se deshizo contra la escalera de cemento.
La encontraron a la mañana siguiente, ahogada en el mismo lugar donde había muerto su hermana. Jamás comprendieron como pudo ahogarse alguien que sabía nadar perfectamente. Definitivamente no había sido suicidio. Los médicos aseguraron que nadie tiene la suficiente fuerza de voluntad para matarse en una pileta. La autopsia reveló que no había rastros de drogas ni barbitúricos en su cuerpo. Era un accidente extraño. Tan extraño como las marcas que se encontraron en sus tobillos. Parecían dedos pequeños, manos de niño, de criatura.