8 de octubre de 2012

Campeonato Mundial 2018 - Najenson José Luis



3º Concurso Internacional de Poesía y Narrativa
EL MENSÚ EDICIONES 2012



4º ORDEN DE MÉRITO:
Campeonato Mundial 2018
Najenson José Luis
Jerusalem (Israel)


-Es el tendón de Aquiles -dijo el médico del equipo cuando vio la sangrante herida- No puede seguir jugando- Habían transcurrido sólo quince minutos del primer tiempo.
Y así, Hispamérica se quedó sin su mejor delantero, el famoso Raúl A. Pelida, en el partido que iba a decidir el campeonato. En este Mundial de 2018, todo era distinto al de 2014 y los años anteriores. Para empezar, se realizaba en Micronesia, pequeño país insular que había maravillado al mundo cuatro años atrás, llegando hasta la final, en la cual recién perdió el invicto con Argentina. Otra diferencia notable era la unificación de los países en bloques, debido a la proliferación de equipos nacionales que querían competir, virtualmente todos los países. De modo que se decidió dividirlos en ocho grandes ligas: Hispamérica, agrupaba a España y demás naciones de América de habla castellana; Luso-Afro-América, a Portugal, Brasil, Angola, Mozambique y Cabo Verde; Anglosajonia, a  Inglaterra Escocia, Gales, Irlanda, EEUU, Canadá (sin Quebec) y Australia; Visieuropa, a Europa Occidental, excepto España y Portugal (con Quebec e Israel); Ostroeuropa, a toda Europa Central y los países balcánicos; Eslavia, a Rusia y Europa Oriental; Islamia, al remanente de Africa y Asia, con Turquía; y Oceanía, anfitriona del Campeonato por Micronesia, al resto de Oceanía sin Australia.
A raíz de varios incidentes que ensombrecieron el Mundial anterior, se cambiaron también los árbitros de carne y hueso por robots móviles, que no cometían errores ni albergaban preferencias. Pero el azar y la malicia humana seguían teniendo su lugar en el fútbol, y una feroz zancadilla, aparentemente, había cortado el tendón de Aquiles de la pierna izquierda, la icomparable “zurda”, del jugador estrella de Hispamérica, en el partido final contra la liga luso- Afro-Americana, su rival clásico. Luego se supuso que podría haber sido obra de un brujo incógnito, quien logró escapar del estadio antes de que lo buscaran las fuerzas de seguridad. Como se carecía de toda evidencia, y el uso de la brujería no estaba todavía prohibido legalmente, no se tomaron medidas y el partido siguió su curso sin el jugador herido. Esa era una de las paradojas de mediados de la segunda década del tercer milenio, que combinaba la más alta tecnología con la eficacia ritual del pensamiento mágico. Los entrenadores de Hispamérica no habían recurrido a ello, pero sí atinaron a contratar algunos antropólogos para disminuir sus efectos en caso de que ocurriese, ateniéndose a algunos rumores del espionaje deportivo. Al parecer, éstos habían fallado en su cometido, porque sin Raúl A. Pelida el equipo difícilmente podría superar a su poderoso adversario.
El Etnógrafo en Jefe del equipo, Pablo Manzanares, graduado en la Universidad de La Plata, estaba desconcertado. Raúl A. Pelida tenía una hinchazón en el talón escindido, que no podía ser simplemente el resultado de una patada. Ya habían revisado minuciosamente los botines del jugador que cometió el foul, y que fue expulsado de la cancha con tarjeta roja. Se llamaba Paris Oliveira, y estaba tan asombrado como su víctima.
-O solucionás el problema, o estás despedido -le dijo perentoriamente el Entrenador Principal, Mario Cenotti, al compungido Manzanares- tenés hasta el comienzo del  Segundo Tiempo.
Pablo consultó al Médico en Jefe, Claudio García, que se hallaba en la misma situación que él con idéntica, casi imposible demanda:
-O lo curas, o te vuelves a tu aldea de Castilla para siempre -había dicho Cenotti, hombre de pocas palabras que siempre cumplía sus amenazas y promesas.
-Creo que voy a volverme loco -le dijo el galeno al antropólogo- el efecto de la herida es un envenenamiento de la sangre, cual si le hubieran inyectado algo emponzoñado, y el veneno se está expandiendo rápidamente por todo el cuerpo. He mandado una muestra al laboratorio para ver si consiguen un antídoto.
Raúl A. Pelida, consumido por la fiebre, deliraba constantemente en un idioma ininteligible.
-Escuche, a lo mejor Ud. entiende algo de esta jerga –dijo el doctor después de lavarse las manos y tomar asiento junto al paciente.
Pablo Manzanares, además de su español natal, latín y griego, sabía portugués y varios dialectos brasileños, así como diversas lenguas sud-saharianas.
-No parece ser ninguna forma de habla lusitana ni tampoco del tronco Bantú, aunque no podría asegurarlo, porque el delirio la vuelve incomprensible. Lo que no me cabe duda es que se trata de un atentado brujeril de primera clase, altamente efectivo.
-Es como si le habrían lanzado una flecha con curare u otro tóxico mortal -insistió el médico.
-¿Una flecha envenenada? -musitó Pablo, y de pronto se le iluminaron los ojos. Había oído una palabra que conocía, pero en griego…
-¡Ilión! -Casi gritó el nombre mítico de Troya- y el atacante se llama París…
-¿Qué significa la "A", el segundo nombre de Raúl?
-Aquiles -respondió el Doctor alelado- las coincidencias son asombrosas…
-Más aún si traducimos su apellido al griego: Pelida quiere decir "hijo de Peleo". ¿Recuerda? "Canta ¡Oh! Musa, la cólera de Aquiles, el Pelida". Así comienza la Ilíada.
-Es increíble… -barbotó Claudio, pero ya Pablo no lo escuchaba, afanándose en grabar la perorata inconsciente de Raúl en griego homérico.
-¡GOOOOL de la Liga Lusitana! -anunció el locutor de la T.V-. ¡Uno a cero, a los 25 minutos de juego! -La torcida, exultante, intentaba derribar el cerco que separa la cancha del público.
-Veo los vivaques de nuestras tropas de asedio brillando en la madrugada, -murmuraba Raúl en griego- que llegan hasta el mar... Veo los cascos emplumados de los defensores al filo de la muralla de Ilión...Veo a Héctor, a París, que tiende el arco...Veo a la muerte remontando mis venas bajo la mirada distante de los Dioses. Sólo hay una Diosa que puede salvarme, Palas Atenea.
El mensajero del laboratorio llegó con los resultados del análisis: se hallaban ante un veneno desconocido en la actualidad, y tendrían que hacer varias pruebas para dar con alguna forma de cura, incierta de todas maneras.
Pablo le hizo a Raúl diversas preguntas, en griego y en español, pero el jugador no le respondía, siguiendo solamente el hilo de sus visiones.
-Patroclo ha muerto, Héctor morirá en la última batalla, Palas Atenea fermenta la astucia de Ulises. Pero yo veo el Hades, donde iré a reunirme con mis antepasados mirmidones. ¡Salve Diosa, y danos suerte y felicidad!*
Amén del espeluznante remedo de los nombres -pensaba el etnógrafo ¿de adónde sabe Raúl el idioma de la Ilíada, o, más extraño aún, cómo pueden saberlo los brujos que forjan el hechizo? No. Aquí hay otra cosa, algo que supera cualquier encantamiento...
-¡A cuarenta  minutos del primer tiempo, el score todavía no ha variado! -bramaba el comentarista brasileño- el equipo hispano se ve desmoralizado y a la defensiva, cuidando sólo de que no le hagan otro gol...
La única explicación relativamente lógica, dentro de lo disparatado del incidente -se dijo Manzanares- es apelar a la teoría de la reencarnación, combinada con la de la transposición del tiempo, así se crea o no en ellas: Raúl Aquiles Pelida fue Aquiles el Pelida, y por eso su alma rememora. París Oliveira  fue París, si bien él no ha entrado en trance porque no es el objeto del embrujo, que actuó como catalizador, sino su instrumento. Los hechiceros han debido jugar sólo con la semejanza de los nombres y el mero conocimiento de la herida mortal del hijo de Peleo, causada por la flecha de París; no necesitaban leerse toda la Ilíada para ello. La brujería es un saber práctico, no erudito, pero puede ser tan poderosa como para saltar sobre el obstáculo del tiempo, aunque los mismos autores del hechizo y su víctima no lo sepan, y sacar a Raúl del campo de juego como de un campo de batalla. ¿Acaso “allá” y “entonces”, frente a las murallas de Troya, el verdadero Aquiles sufre solamente la zancadilla de un soldado enemigo? ¿Sería otra forma de intervención de los Dioses para salvar la vida de Aquiles, “el de los pies ligeros”, de la flecha de París, cuando el tiempo se trastoca? Esto también le daría otro sentido a la fábula de Aquiles y la tortuga y a la paradoja eleática. ¿ Cuál es la verdadera razón que yace detrás del triunfo de la tortuga en esa carrera desigual? ¿Por qué dice Zenón que Aquiles nunca alcanzará a la tortuga, ya que para ello necesita la infinitud del tiempo?
-¡Fin del primer tiempo, uno a cero a favor del equipo lusitano!  -Gritaba desaforadamente el comentarista portugués.
Después de meditar intensamente, apenas tuvo en cuenta que sólo le quedaban los escasos minutos del intervalo, Pablo Manzanares se jugó el todo por el todo. Cuchicheó con el médico explicándole su alocada idea y obtuvo su complicidad para lo que pensaba hacer. La otra alternativa, de todos modos, era la muerte de Raúl a corto plazo, y ni siquiera alcanzarían a llevarlo al hospital. Para bien o para mal, los entrenadores no se daban cuenta de la gravedad de su estado. Entre ambos llevaron el cuerpo aún exánime del jugador hispano a la cancha, ante la extrañeza de los espectadores que cubrían el estadio. Pablo hurgó afanosamente sobre el césped hasta encontrar lo que buscaba: las gotas de sangre seca que indicaban el sitio donde había caído.
-Si aquí se operó el cambio temporal por interferencia mágica, aquí debe producirse el contrahechizo -murmuró, más para sí que para el médico.
Una vez que hubieron ubicado el cuerpo, con el talón herido junto a la mancha de sangre, el antropólogo recitó un largo conjuro en griego contra la muerte debido al poeta Hesíodo, que recordaba de su época de estudiante, y rogó a Palas Atenea, la Diosa protectora del héroe mirmidón, y a Apolo, en la misma lengua, por la salvación de ambos Aquiles. Agregó también a ese Dios porque había dirigido el rumbo de la mortífera flecha lanzada por París. Luego se quedó en silencio por unos minutos, con los ojos cerrados y alzando los brazos en señal de reverencia, como estipulaba el mismo conjuro, que le había oído recitar a su profesor de griego.
Lo sacó de su ensimismamiento la voz de Raúl que preguntaba “¿dónde estoy”?, y el grito estentóreo de alegría del médico que no podía creer lo que estaba viendo: la herida había sanado y las tribunas hispanistas vitoreaban a Raúl, quién se incorporaba lentamente como si sólo hubiera recibido un golpe en la caída.
Ni que decir tiene que la incorporación de la estrella dio la victoria a su cuadro en el segundo tiempo, culminado con un fabuloso cuatro a uno.
Pablo Manzanares se alegró y entristeció a la vez, y en medio de la euforia del triunfo comenzó a retirarse de la cancha, donde la multitud alzaba en andas a Aquiles Pelida y a Cenotti, así como a los demás jugadores. El Dr. García lo vio alejarse y se acercó corriendo.
-¿Qué le pasa? -inquirió extrañado- ¿no está contento con el milagro que Ud. mismo ha suscitado?
- Sí y no. -Pablo se mesaba los cabellos con un gesto de desasosiego- Me alegro por Raúl y todo lo demás...Pero en el intento de vencer a la muerte descubrí también su misterio, así como el del tiempo y la resurrección, que los antiguos grandes iniciados conocían y nuestra ciencia ha olvidado. ¿Después de eso, qué puede importarme lo que pasa en este mundo?


*Himno a Palas Atenea, V