13 de noviembre de 2011

La marca del anillo. Gustavo González


La marca del anillo
Gustavo González
Villa María, Córdoba
1ra. Mención





La miró otra vez, fascinado, todavía sorprendido de tenerla ahí, frente suyo, en una café a las cuatro de la tarde de un día cualquiera.
Ella hacía girar lentamente la cucharita dentro del pocillo y había en el gesto algo lejano, inasible, una cierta ausencia, un imperceptible cansancio. Eso lo animó. La presintió vulnerable, sólo era cuestión de dar con el resorte exacto. Después de todo por algo el azar la cruzó en su camino dos horas atrás y, dos horas, pueden ser demasiado tiempo perdido cuando los resultados son inciertos. Por eso se había permitido, deliberadamente, esos momentos de silencio para repasar la situación.
Todo había ocurrido tan repentinamente que lo sintió como si hubiera saltado dentro de un tren en marcha. Y eso no le gustaba. A los veintitrés años se sentía lo bastante experimentado como para ser él mismo quien conduzca el tren… e incluso ir adelante poniendo las señales. Pero nada de eso sucedió cuando la vio pasar junto a su mesa y sentarse en aquel rincón donde estaban ahora.
Algo no encajaba entre su cartera y sus zapatos, no usaba perfume y desconcertaba esa contradicción entre la blusa apretada y el sobrio largo chanel de su falda. Sin embargo, desde que la vió le pareció un bocado que merecía el esfuerzo. Al fin y al cabo estaban en un lugar elegante pero discreto, una cafetería perfectamente olvidable por donde difícilmente andarían sus amigos. No le hubiera gustado soportar miradas sobradoras en pleno “levante” de una cuarentona. Aunque eso de cuarentona era un decir, bien podría tener treinta años o cincuenta. Imposible descifrarlo en ese rostro, ese perfil enigmático y extrañamente bello. Lo de cuarentona lo dedujo de sus formas, de esos senos cuya turgencia clamaba por libertad bajo la blusa, lo intuyó en esas caderas exactas, en la perfecta madurez de ese cuerpo que estaba ahí, casi distraído, con la misma indolencia con que a veces uno se tira en la cama con ganas de dejarse morir y poco importa si afuera se largó a llover o no.
Cuando se acercó y preguntó si podía compartir su mesa, qué había respondido ella?..., -”por qué no”---, eso había dicho. Era un indicio interesante. No es la clase de preguntas que formula la gente atrapada en prejuicios y tabúes. No, no se le ocurrió difícil llevarla hasta una cama. Sólo ese pequeño y molesto capricho que crecía dentro suyo…, hacerla decir “te quiero”. Eso lo entusiasmaba, era un auténtico desafío, un dulce juego que quería jugar. Estaría perfecto, sexo y un “te quiero” para rematar la tarde de un día cualquiera.
Entonces reparó en sus manos. Esas manos que eran como ella. Todo un misterio. Manos que, antes  que moverse, parecían aletear alrededor de las cosas. Imaginó esas manos acariciando y un leve temblor corrió por su cuerpo. Pensó cómo dirían “te quiero” esas manos…, y de pronto sintió urgencia de estar con ella, solos, desnudos, lejos del mundo. Miró sus dedos, el rosa pálido del esmalte en sus uñas. ¿Por qué rosa pálido?..., ¿Qué rara melancolía se escondía en la elección de ese color?..., hubiera preferido el grito certero de un rojo intenso pero…, ¡al diablo con eso!!.., no se pueden tener todas las respuestas, -ni siquiera las que nos importan- en toda una vida. Era estúpido querer encontrarlas en dos horas. Cuando fijó sus ojos en los dedos vio en el anular izquierdo la marca del anillo, apenas una franja pálida en la piel. Casi no se notaba, pero quizás era el punto del diálogo que estaba buscando, el que condujera a los resortes, a las últimas decisiones…, y decidió buscar por ahí.
-Qué pasó?- preguntó con la mirada puesta en la marca del anillo.
-Divorcio, hace cinco meses- dijo ella.
-Querés  hablar de eso?..., digo…, si te hace bien…
-No. No vale la pena. Divorciarnos sólo fue un acto necesario. Una certificación, si se quiere, de algo que no existía más. No vale la pena.
-Debe ser difícil olvidar alguien como vos- insistió él, acaso por aquello de “si sabes por qué alguien ha perdido una mujer, has aprendido cómo ganarla”.
No es tan así, -dijo ella-, si consideras que los hombres mezquinan su amor como un avaro su dinero.
-No todos- se defendió él y, sin saber muy bien si quería convencerla a ella o convencerse a sí mismo, repitió: “no todos”.
-Demostrame que vos sos distinto dijo ella, desafiándolo con la mirada.

De alguna manera él supo que había por delante un instante –sólo un instante- para dar una respuesta definitiva o todo estaría perdido. Hasta ese momento la situación venía planteándose como una conquista más, un buen rato que olvidaría apenas tropezara con otros ojos. Y ahora esto…, darse cuenta que tenerla ya no era todo. Que ser capaz de decirle “te quiero” sintiéndolo realmente podía ser algo más intenso todavía que escucharlo de labios de ella. Entregarse. Ese sí era un terreno peligroso. Miró otra vez esas uñas color rosa pálido. No podía entender ese color que lo atraía y le dolía al mismo tiempo, ese color que se le ocurría sin vida, carente de sentido. Como para afirmarse buscó sus ojos y la calidez de esa mirada lo envolvió en finísimas redes…, algo desde el fondo de esos ojos derribó sus últimas cáscaras y se decidió, por primera vez, a ser un hombre. Como si viniera desde otro lado escuchó su propia voz diciendo:
-Claro que puedo demostrártelo… sos vos quien me hace sentir distinto…

Y se fueron juntos. Cuando el taxista preguntó –”adónde”- mirándolos por el espejo retrovisor, a él le bastó un gesto cómplice…, daba lo mismo en cualquier lugar y, los taxistas, siempre saben cuando sobran las palabras. Ella se había reclinado sobre su pecho. La presintió frágil, huyendo de quién sabe qué soledades, qué hastíos, qué tristezas. La sintió Mujer, y de pronto tan suya. Por eso, cuando las horas cayeron una tras otra en el hotel no quiso ni pudo pensar. Simplemente la amó. Con todo su ser, con todas sus ansias, dejó caer sobre ella su deseo, sus sueños, sus recuerdos. Como un viajero incansable fue una y otra vez hasta su alma para traerle sus ternuras más secretas y ofrendar su ser como antes no lo había hecho nunca. Y en uno de esos viajes algo subió a él. Algo que había estado siempre ahí, temeroso, latiendo sin cesar en lo profundo. Algo claro, puro, contundente, que ahora subía quemando sus vísceras, sus miedos, sus pequeños egoísmos.. y lo soltó como soltando una bandada de pájaros.
"Te quiero" -le dijo-.
Ella lo miró con infinita gratitud en los ojos y él supo que, en verdad, había soltado una bandada de pájaros.
"Te quiero" –volvió a decir- dejándose tragar por ese ramalazo de felicidad, de poder decir, de ser capaz de amar. Ella lo abrazó y él comprendió al fin que era capaz de darlo todo de sí.

Cuando se separaron intercambiaron sus números de teléfono y prometieron llamarse al día siguiente. Había mucho por hablar, tanto que decir todavía, tantas ilusiones para moldear de a dos.
A las ocho y media ya había oscurecido y ella viajaba en un micro de regreso a la ciudad donde vivía. Iba llena de los momentos vividos, pensaba en él y tal vez seguiría pensándolo durante mucho tiempo…., casi podía imaginarlo marcando un número que no existía.
Con gestos pausados abrió su cartera, extrajo el papelito donde él le había anotados sus datos, lo estrujó entre sus dedos sin mirarlo y, como quien arroja un papel de caramelos, lo dejó caer por la ventanilla.
En diez minutos estaría otra vez en casa y, como un rito, como un pequeño adiós que se repite de vez en cuando, respiró hondo y volvió a colocarse el anillo.
Una alianza con una piedra rosa pálido que combinaba perfectamente con el color de sus uñas.