13 de noviembre de 2011

Feliz cumpleaños, Mono. Pablo Giordano


Feliz Cumpleaños, Mono
Pablo Giordano
Las Varillas, Córdoba
1er. Premio

  


Mono patea la ropa hasta el rincón del baño y se mete bajo la ducha helada: tiembla, refriega su cuerpo con alegría. Su hermana, que no vuelve del trabajo hasta más tarde, le juró que el padre vendría a verlo. Se pregunta si quedará algo del pegamento que le regalaron en el corralón: desde la muerte de la madre, fabrica imanes para decorar heladeras; pide radiografías en el hospital, las recorta con forma de mariposas —rara vez de otros animales—, las pinta, les pega el trozo de imán rescatado de viejos motorcitos de la fundición… ¡y listo! Las pocas ganancias lo salvan de la vergüenza frente a la hermana, que limpiando casas trae la mayor parte del dinero. A veces lo llaman de la Municipalidad y lo llevan a barrer salones, de noche.
A las siete y media ve por la ventana piernas y ruedas de bici en el cordón cuneta. Es el padre. Imaginó que vendría en auto. Limpiando parabrisas lo había visto en un Gordini bastante nuevo y le gritó. Fue tres años atrás. No vio bien si era él, pero se parecía muchísimo. Inclusive corrió hasta el auto, sin poder ganarle a la luz verde: el hombre aceleró y se perdió entre una Renoleta y el colectivo.
Ahora Mono lo mira, la cara le resulta extraña: no distingue sus rasgos.    
—Vamo', pendejo, dale.
Mono trepa a la bici. Está recién bañado y se ha puesto la chomba roja, la de salir, secada el día anterior en el alambre del patio, cuidando de que las palomas no la arruinen, y planchada bajo el colchón de su cama mientras duerme. De pie en el portaequipaje, Mono lleva la cabeza en alto y la cara al frente. La brisa lo ensueña.
Las casas y las taperas de chapa se suceden a los costados. Algunos vecinos los ven pasar. Oscurece. El hombre lleva un traje blanco apretado, que a las luces de la tarde vira a celeste claro como saco de heladero. Abajo dos broches sostienen las botamangas, impiden el engrase con la corona de la bici, o el enredo y la caída. No son tantas cuadras, pero alcanzan para putear de cansancio varias veces. Desmontan en el bar cerca del río, apoyan la bici en el poste de luz y entran.
El bar mantiene un pedazo de pared revocada, un pool, un foco colgando de un cable manchado con saña por las moscas, una vitrina y poco más. Sin embargo no es un lugar cerrado y lleno de humo: el ambiente es fresco, las ventanas y la puerta de calle están abiertas, los focos apagados. Afuera hay dos mesas, una ocupada por el dueño y la mujer, la otra vacía. Se sientan adentro, junto a la ventana. El padre enciende un cigarro y le ofrece. Mono dice que no fuma.
Un viejo gordo que habla como recién llegado de una maratón, levanta el pedido. Son dos ginebras con Coca, y él no se anima a contradecir. Es mucho, apenas si aguantó la cerveza de tres cuartos en la canchita por la apuesta contra el Tati.
—Feliz cumpleaños —dice el Gordo—. ¿Cuántos cumple el pendejo?
—Once, ¿no? O doce…
—Doce, cumplo.
—Bueno, el trago va de parte mía.
—No, Gordo, dejá: es mi regalo de cumpleaño'. A la ginebra del pibe la pago yo.
—Dejá, dejá.
—Es mi hijo, Gordo, rajá de acá. Se la regalo yo.
Padre e hijo, en silencio, miran a dos tipos jugar al pool. El de pelo canoso y largo ha fumado casi entero el cigarrillo sin sacarlo de la boca, mete bola tras bola. El otro sigue apoyado contra la pared con el taco esperando su turno y fumando también. De a ratos, Mono observa tímidamente la cara arrugada de su padre: con pudor le ve mover los labios, largar el humo, arrugar la frente. Es un señor que apenas recuerda.
Traen las bebidas. El cielo decae, y el dueño enciende las luces. Hace calor. Del tipo de calor húmedo y extremo de la pampa gringa. Baten los ventiladores de techo con lentitud asombrosa. Mono sorbe cortito la ginebra creyendo poder dejarla, como la comida fea que lo descompone. Siente un pequeño mareo, lo entristece la tira de salames atrás de ese mostrador agredido por cortantes a lo largo de las décadas. En las paredes hay pósters de la revista El Gráfico sostenidos con cintas y clavos. Más abajo, una vitrina con cuatro o cinco trofeos de bochas, masticados por el siglo. Su padre le golpea la nuca, le pregunta si está bien. Mono asiente.
A la tercera vuelta de ginebra, él no ha tocado la mitad pendiente de la primera. Su padre fuma y bebe, el humo y los vahos estomacales caen en cascada por la ventana. No dice palabra. Mono pide una ficha de pool al Gordo, que logra agacharse y tira de la palanca. Ruedan pesadas las bolas, retumban adentro. Un sonido hermoso, un decantamiento de la felicidad.
Juega solo, mirando cada tanto a su padre de reojo, midiendo el magistral tiro. Golpeará la tres, hará baranda a ambos lados de la tronera e irá derecho a golpear a la cuatro, que entrará en la opuesta, y a la cinco, despacito, en la contigua. La blanca quedará girando sobre su eje cerca de caer, pero no lo hará. Mono apunta y tira con fuerza. La bola salta y rebota contra el piso, alarma a todos. Lo ven colorado ir hasta el rincón a buscar la bola antes que se detenga.
Su padre bebe el cuarto vaso, aprueba con gestos desinteresados las jugadas de su hijo y voltea nuevamente.
Después de renegar bastante, Mono mete la negra de baranda.
—¿Vamo’, papi? —le dice al viejo sentándose.
—Una más y vamo' —responde una lengua resbaladiza.
—No, papi, ahora vamo’. Ya es tarde.
—Hacéte hombre, carajo, tomate una más -y pide otra.
La toma rápido, acerca el vaso que Mono dejó a la mitad.
—Tomá, hijo, no dejés el vaso así.

Mono observa los autos de los oficinistas volver del centro al otro lado del río, ve pasar una ambulancia sin sirena, con las luces encendidas coloreando las casas. Gatos ocultos —que ahora son encandilados, petrificados, egipcios— emprenden la fuga alucinada a lo alto de las tapias apenas la luz los abandona. Pasan chicas cambiadas, lindas, con el pelo lavado y la ropa nueva, olor a desodorante y hebillas increíbles. Llevan botellas de Coca-Cola, seguramente a alguna fiesta.
El padre duerme desparramado sobre el platito de maní. Lo había visto igual en brazos de la abuela. ¡Hace tanto! Era Navidad o Año Nuevo. Mono, muy niño, llegó corriendo desde la esquina con una estrellita en la mano y lo vio dormir como un nene en los brazos de la abuela Chocha. No entendió la imagen, algo no encajaba. El tío Julio le metió una pasa de uva en el oído, el padre despertó desesperado por sacar esa cosa de su oreja a manotazos… y explotan las  carcajadas. Recién ahí él se tranquilizó.
Su padre duerme entre las botellas, y la noche jamás terminará. Alguien se acerca. Mono levanta la cabeza: es el Gordo, que le pone la mano en el hombro y le pregunta:
—¿Adónde vivís, pibe?