9 de noviembre de 2012

Relatos de boliche . Carlos Manuel Villasuso





Carlos Manuel Villasuso
Nació en Villa María, una ciudad del sur cordobés. Desde allí proyecta sus escritos que tienen por finalidad contribuir a la conservación de nuestras tradiciones, la cultura e identidad.
Tiene publicados los siguientes trabajos bibliográficos:
“Eusebio Merlo. Décimas camperas de ayer y hoy” (Libros en Red, 2010).
“La herencia. Algo para pensar en ella” (El Mensú Ediciones, 2011).
“Relatos de boliche” (El Mensú Ediciones, 2012).
Se encuentra trabajando en una secuela de su libro primero.





Las cuadreras
El gaucho era un hombre libre de nuestras pampas que allá por el 1600 vagaba tras las reses salvajes que se reprodujeron en una cantidad extraordinaria luego de ser abandonadas por don Pedro de Mendoza, en la frustrada fundación de Buenos Aires.
Las verdes praderas que se extendían a lo largo y ancho del país junto con el ganado fueron aumentando su territorio llegando a lugares insólitos, sin otro equipaje que su caballo, su lazo, sus boleadoras y su infaltable facón; herramienta de trabajo y de defensa.
El caballo también se reprodujo en igual forma siendo adoptado por el gaucho para su vida errante. Su caballo era su vida, su orgullo, y representaba el mayor capital que poseía.
Cada gaucho tenía su propia preferencia por estos animales, el color de su pelaje, su andar, su resistencia y velocidad en las diferentes marchas, (trote, galope, paso y sobrepaso).
Además era el que le salvaba la vida ante el peligro y ponía todo o nada a las patas de su caballo.
Cuando podía, se armaba de una tropilla para lucirse con sus montados, sobre todo su orgullo era tener una tropilla de un mismo pelo; pero siempre conservó un flete preferido y estaba dispuesto a tomar cualquier apuesta, cualquier desafió.
Por eso le gustaban tanto las cuadreras, para ver, para apostar, o para participar en ellas.
Se le llama cuadreras a la carrera disputada por dos fletes en una o más cuadras de distancia. La cuadra mide 129,9 metros o 150 varas y la largada podía ser de varios tipos.
La más vistosa era la “cuadrera de costillas”, se corría sobre una misma huella con los caballos recostados uno sobre el otro.
Otro tipo de partida era “la media vuelta” con el anca mirando hacia la meta; también se largaba “a la par” cuando los parejeros estaban alineados daban la señal de partida.
Desde el tiempo de Don Juan Manuel de Rosas se incorporó el banderillero y las cuadreras se hicieron muy famosas.
El banderillero se colocaba a treinta metros del punto de partida y bajaba bandera si los caballos estaban parejos; de no ser así la largada era nula. Si fallaban hasta la sexta partida bajaba la bandera en la posición que estuvieren obligándolos a correr.
Todo el paisanaje concurría a estos eventos con sus mejores fletes y emprendados, sobre todo forasteros que realizaban fuertes apuestas. El poblado o el paraje lucían de fiesta con los puestos de venta, que ofrecían: alimentos, bebidas, pilchas etc. establecidos a orillas de la cancha o pista de cuadreras.
Todo era de un vistoso colorido y el clima de fiesta reinaba en el lugar para delicia del paisanaje.




Un alto en la huella

Allá por el treinta y siete
supo querer el destino
que hiciera un alto en la huella
cansao de tanto camino.

Soy tropero... domador,
de alguna estancia, mensual,
siempre he quedao poco tiempo
que pá dirse no hay señal.

Es como una comezón
que pica juerte en el pecho,
total... mudarse a otros pagos
tuitos tenemos derecho.

Siempre he llevao a mi perro,
sulqui, caballos y lazo,
emprendaos y el pilcherío
pa’ dormir a campo raso.

Traje en aquella ocasión
de tiro un “flete gateao”
qués una lúz pá mis ojos
livianon, bién afirmao.

Pá mejor... escarceador
camina medio cruzao
va desafiando a cualquiera
que va pasando a su lao.

Siempre le hablaba en la oreja
y él, la cabeza movía,
“tate quieto che Aguará”
pareciba que entendía.

En un cruce del camino
tope una tranquera abierta,
guena gente debe ser
quien tiene ansina la puerta.

Ahí nomás me le dentre
a la estancita “Los Cerros,”
y ya llegando a las casas
sentí torear a los perros.




Datos del libro:
Relatos de boliche, por Carlos Manuel Villasuso. - 1a ed. - Villa María : El Mensú Ediciones, 2012. 90 p.; 21x15 cm. - (Mixturas; 4) ISBN 978-987-27570-9-0.




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