8 de mayo de 2011

"Suerte y destino" - Marco Gaitán







"Suerte o destino, esa es la cuestión. Cualquier suceso en la vida puede ser definido como alguna de éstas dos opciones, pero es cuando suceden eventos trágicos o la supervivencia milagrosa a un accidente cuando ésta cuestión entra en su máximo fulgor.
En éste libro encontrarán una serie de cuentos, en donde los personajes se verán involucrados en situaciones ambiguas y complejas, quedando a criterio del lector definir si ha participado la suerte o el destino."









.DÍA NORMAL.

Mi nombre es Samanta. El ruido de la sirena es insoportable. Alcanzo a ver las manos ensangrentadas del paramédico que se esfuerza para mantenerme con vida. Los baches que toma la ambulancia a toda velocidad me intensifican el dolor, pero ya no importa, el dolor emocional que siento es mucho más intenso. Quiero gritarle que me deje morir, pero la sirena cubre mi fino hilo de voz. La vida ya ha dejado de tener sentido para mí; y pensar que el día de hoy había comenzado como un día normal…
El llanto de la bebé me despertó, solo cinco segundos antes de que sonara el despertador. Tomé a Flor en brazos y me dispuse a salir de la habitación; mi esposo, como siempre, no se dio por enterado. Alimenté y cambié a Flor. Hoy ella me acompañaría a la escuela, ya que su niñera hoy no iba a venir. Mi esposo se ofreció a cuidarla mientras atendía el negocio, pero me negué, lo consideraba muy riesgoso.
Desde hace diez años enseño matemáticas en una escuela de nivel secundario. Aunque es la materia que más odian los jóvenes, me siento querida por mis alumnos. Y las pocas veces que he tenido que llevar a mi hija a la escuela, ha sido toda una sensación para ellos. Hoy no fue la excepción.
El día se desarrolló con normalidad hasta las diez de la mañana. Me encontraba al final del aula cuando se escucharon unos fuertes estruendos y gritos. De repente la puerta del salón se abrió de una patada. Un joven ingresó vestido de negro portando una escopeta y comenzó a disparar hacia los alumnos. Observé a Flor llorando en su sillita y corrí hacia ella para protegerla, mientras los alumnos se arrojaban al piso.
Un golpe me sacudió el pecho y me arrojó hacia la pared. Grité a causa del dolor más intenso que jamás había sentido y vi la sangre que emanaba de mí. El joven se aproximó a Flor y el muy maldito sin vacilar accionó el gatillo sobre ella, apagando para siempre su llanto.


Mi nombre es Facundo. El humo que sale del caño recalentado de mi escopeta es adictivo. Aunque parezca extraño, huele diferente a cuando solo le disparaba a cajas en vez de humanos. Estoy acurrucado sobre un rincón del baño de chicas, esperando a que el grupo especial de la policía ingrese. No me entregaré y acabarán con mi vida; y pensar que el día de hoy había comenzado como un día normal.
Abro los ojos y veo a mi madre en la puerta de mi habitación, gritándome que es la tercera vez que me llama y que se me va a hacer tarde. Al bajar el desayuno ya está servido, pero no veo a mi madre, ya debe haber salido para el trabajo. Mientras doy el primer sorbo al café, un mensaje de mi mejor amigo lo interrumpe. Me espera en el parque. Sonreí, sabiendo que hoy no iría la escuela.
Al llegar veo que Gastón y Mauricio habían comenzado a disparar sin mí. Ya habían destruido cinco cajas. Saludo y Gastón me dice que ya está podrido en serio de esta vida, mientras accionaba el gatillo. No era nada nuevo, los tres lo estábamos. Lo haremos hoy, me dijo el Mauri, debés conseguir una escopeta; yo solo hice una mueca asintiendo.
Llegamos a la escuela, hacía tiempo que veníamos planeando acabar con la vida de todos estos imbéciles que teníamos de compañeros. Debía ser grande, que todos los medios del mundo dieran la noticia como el atentado más horrendo de la historia, y que nuestros nombres perduraran en el tiempo.
Cada uno se paró en la puerta de tres aulas diferentes, yo elegí el aula de la maldita perra que me hizo repetir de año. Rompí la puerta de una patada y comencé a disparar, aunque no veía a la vieja bruja. Realicé unos once disparos antes de verla corriendo desde el fondo, y apreté el gatillo con sumo placer. Me acerqué para rematarla mientras se retorcía de dolor cuando divisé a la entupida de su bebé que siempre llevaba a clases. No tuve dudas, si mataba a la bebé, todos recordarían este día. Accioné el gatillo y salí de allí.


Mi nombre es Sergio. El silencio y el maldito olor a amoniaco me crispan aún más los nervios. Nunca me han gustado los hospitales, no me siento cómodo en ellos. Solo la vez que nació Florcita me sentí alegre dentro de él. Pero hoy es todo lo contrario, su cuerpito yace en la morgue. Veo salir al médico de la sala de urgencias. Se me acerca y me dice la segunda peor noticia de mi vida, que la mujer que amo ha muerto; y pensar que el día de hoy había comenzado como un día normal.
Me desperté al oír entrar a mi esposa a la habitación, pero me hice el dormido para que me despierte como lo hace todas las mañanas, con un tierno beso suyo. Cuando se acercó, la agarré y la tiré sobre la cama y fui yo quien le dio ese beso. Me había despertado de buen humor.
Bajé a la cocina y antes de que salieran les di un enorme beso a las dos. Leí el diario mientras desayunaba y me dispuse a salir al trabajo. Al llegar al negocio, María, la farmacéutica de al lado estaba barriendo la vereda, hicimos unos chistes y hablamos sobre el clima, como siempre, y me dispuse a abrir el negocio.
Apenas me estaba acomodando cuando ingresó un cliente. Supuse que compraría algún accesorio o repuesto, nunca realizo grandes ventas a horas tempranas de la mañana. Pero ésta fue la excepción. Era un cliente decidido y de pocas palabras, muy joven, que no devolvió mi saludo cuando me acerqué a él. Me dijo lo que quería sin realizar ninguna pregunta. Creí innecesario ofrecerle alternativas o emitir comentario alguno.
Le pedí la identificación y puso sobre el mostrador un fajo de billetes al tiempo que decía que no era necesario. Observe los billetes, y era más del triple del valor de la venta. Sonriendo tomé el fajo y dije que por supuesto, no era necesaria su identificación. Mientras guardaba el dinero, un joven ingresó al negocio y desde la puerta gritó:
-¡Dale Facundo, apurate!
El joven tomo la escopeta y sus municiones y se retiró sin saludar. Pero no me importó. El día había comenzado muy bien.





Datos del libro:Suerte y destino, de Marco Gaitán, 1a ed., Villa María, El Mensú Ediciones, 2011, 72 p.; 21x15 cm, (En la atmósfera; 2). ISBN 978-987-26641-1-4.- Imágenes de Anibal Galdeano.



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