17 de septiembre de 2013

Cuentos de la Docta y tierra adentro . José Luis Najenson


Si bien todos los relatos están ambientados en Córdoba, Argentina, ya sea en la Capital o en el interior de la Provincia, se disimulan o tergiversan algunos nombres de cafés, un cine, ciertos barrios, ciudades, villas y pueblos, por una suerte de pudor bordado con la nostalgia, esa “Décima Musa”.

Esto coincide con su atmósfera remota, casi misteriosa, aunque apenas haya pasado poco más de medio siglo, como si se tratara de cuentos clásicos de más antigua data. Quizá haya la misma distancia imaginaria entre nuestra época de colosales revoluciones tecnológicas y los comienzos del siglo anterior, que entre éste y varios siglos atrás. Por eso, el “había una vez” tiene similar poder convocatorio en el laberinto del pasado, donde todos deambulamos buscando lo que hemos perdido.

Otro hilo que enhebra algunos de los cuentos es su índole erótica, que a veces raya con lo “negro” o macabro; campos éstos muy propios de nuestra generación borgiana, dispersa por el mundo, aunque el Gran “Homero del Sur” no haya frecuentado ninguno de ambos, a pesar de que él trató casi todos los temas. Quizá sea ésta otra forma, indirecta, de rendirle homenaje.

El Autor



 Café Melancolía (fragmento)
“Sólo es nuestro lo que perdimos”
(Jorge Luis Borges)


1
Había conocido mejores tiempos y, sin duda, más eufóricos nombres: “Marx”, Che Guevara, “Perón vuelve”, y otros que ya nadie recuerda. Durante el Cordobazo tuvo su auge y efímera gloria, que duró todo bienio del 68-69 en el siglo pasado. El nombre actual se debió a la sutileza de uno de sus habitués, amigo de los dueños de turno, que lo había definido como “el último refugio de la izquierda melancólica”.
Allí recalaron ex -bolches, ex - guerrilleros, ex - montos, tupas expatriados, trotskos remanentes y alguno que otro espécimen indefinible como el que escribe estos párrafos. La mayoría contaba más de cincuenta abriles (que aquí son otoños) y unos pocos se acercaban a los setenta. Nos conocíamos todos, porque las mesas se llenaban al azar, según el orden de llegada, y no había grupos cerrados. En la noche de la melancolía todos los gatos son pardos. Hubo quienes criticaron veladamente ese nombre, alegando que para la izquierda tenía connotaciones “burguesas y derrotistas”, pero cuando Tauro, el que lo había propuesto trajo el Diccionario de la Real Academia Española, la discusión se generalizó. Tauro, un sesentón de poblada melena y barba, que había sido militante del Ejército Revolucionario del Proletariado Argentino, leyó en voz alta Melancolía: “Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre el que la padece gusto ni diversión en ninguna cosa”.
—Acepto la definición hasta la palabra “morales” incluida, desechando lo demás -dijo Malvina, una rubia sesentona, que había sido correo de las JP- no somos zombies amargados.
—Estoy de acuerdo -terció Rulo, un mastodonte de cien kilos de peso, con cabellera afro, que se había exiliado a Chile en el 66 y regresado después del pinochetazo- el resto de la definición no se adecúa.
—Sin embargo -repuso Tauro, no recuerdo haber oído nunca una risa, ni escuchado un chiste, sólo esta mufa espesa, resignada, como si ya no tuviéramos sueños ni esperanza.
—¿Y acaso no es así? Después de ver caer en vano a tantos camaradas, extrañar a tantos desaparecidos, con el furor de la derrota en el alma, ¿de qué vamos a reírnos? -preguntó Natacha, que aún mantenía su nombre de guerra de las ya disueltas Brigadas Coloradas.
David Stern, el más viejo del grupo, ex Secretario de la 5ª Internacional escindida, tomó la palabra recién al final.
—Estamos peor que los exiliados de la Guerra Civil Española; la mayoría de ellos, por lo menos, tuvo la suerte de morir fuera de su patria sojuzgada, madurados por la añoranza que provoca el destierro. Muchos fueron escritores y poetas, de entre los mejores de la Península. Nosotros, en cambio, vegetamos en este exilio interno, donde ni siquiera nos persiguen ya, y en el que la totalidad de nuestras magras fuerzas está dedicada a la mera sobrevivencia cotidiana.
Un furibundo debate colectivo siguió a la intervención del veterano Stern, en el que todos gritaban y gesticulaban al mismo tiempo, como si esas palabras hubiesen tocado algún punto neurálgico, el honor o el orgullo de los parroquianos. Pero, justo en ese momento, apareció la “Coneja” y se sentó en una de las mesas. Su inusitada presencia puso fin a la discusión.
Nos reuníamos a partir de la medianoche, hora de brujas y bohemios, hasta las primeras luces del alba. El
café cerraba entonces sus puertas y las abría al mediodía, para recibir a otros clientes, apegados a sus célebres minutas. Durante la tarde lo copaban los jubilados y luego, antes de los melancólicos, las parejitas de las calles aledañas. Incluso los viejitos ofrecían una imagen menos lúgubre que aquéllos.




Najenson, José Luis
Cuentos de la Docta y tierra adentro. - 1a ed. - Villa María : El Mensú Ediciones, 2013.
80 p. ; 21x14 cm. - (En la atmósfera; 12). Ilustrado por Miquel Conde Sans. ISBN 978-987-1894-18-5

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