3 de abril de 2012

Con otra mirada. Norma Sabatini



Norma Sabatini

Nací el 9 de febrero de 1938.
He recorrido distintos senderos, todos me dejaron una enseñanza.
He escuchado distintos temas, todos deseamos ser escuchados.
He compartido con el prójimo, todo cuanto pude.
Pero mis ojos grabaron cosas inimaginables, bellas, menos bellas…
El estudio me nutrió de conocimientos.
Pero tuve el privilegio de vivir cada uno de mis días sana y plenamente.
¡Escuché el silencio!
Mi piel fue camino a sentir la pasión por la vida,
¡Querido lector!
Abre mis páginas, encontrarás sentimientos puros.



PIEZAS SUELTAS NO HAY


Como en un collar de perlas, Elena de Marco hilvanaba los pasajes de su vida, anécdotas reales de una mujer que tuvo el privilegio de vivir con pasión y coraje.
…De pequeña, en la metrópolis argentina, asistió a una escuela primaria religiosa, donde cursó hasta el quinto grado. Acompañaron su niñez; sus compañeras, un patio grande con árboles, recreos, juegos, charlas de niñas… creciendo hacia la pubertad.
Un buen día, sus padres, por circunstancias de la vida, se trasladaron a otro país.

Así comenzó Elena a hilvanar otra perla… Fue dramático alejarse de esa escuela, donde había guardado en su corazón; momentos, años… que la acompañaron en su corta edad.
El destino fue Rusia, San Petersburgo. Un lugar lejano, un idioma distinto, ¡todo cambió!, estilo de vida, personas, horarios… Volver a empezar, unir otra perlita.
La vida familiar era óptima; Elena tenía diez años, su hermano menor, ocho…
Al llegar a Rusia, le impactó el lugar. Un clima muy frío en invierno, veranos frescos. Inviernos con cerros nevados que no permitían el paso de vientos tropicales. Una edificación distinta…
Elena extrañaba, pensaba en Argentina.
El hogar fue organizado al estilo latino, adentro eran argentinos y de la puerta hacia fuera, un poco europeos.
Ese país tenía un sistema distinto, la novedad la sorprendía.
Sus recuerdos le provocaban nostalgia. Añoraba su escuela, sus paredes, las aulas, sus compañeros, el camino a casa… Debía acostumbrarse, le costaba.
Terminó la escuela primaria –era muy buena alumna- y comenzó sus estudios superiores. Fue día a día encontrando otros compañeros… y así pasaba el tiempo.
Completó la secundaria con el título de Docente.
Elena tenía un poder de superación consecuente, no quería ser mediocre, deseaba una carrera gratificante. Se inclinó por los estudios humanísticos.
Era una persona dulce, temperamental, de valores humanos para destacar.
Se graduó de médica, eligió la pediatría.
Comenzó su residencia en un hospital de San Petersburgo, adquiriendo la práctica necesaria.
Sus padres estaban felices de verla luchar, consiguiendo éxitos merecidos… otra perla.

Cierto día, en una conferencia de Medicina, sintió un llamado que la instaba a seguir más profundamente el camino…
Comunicaron que en la India necesitaban médicos voluntarios, –eran épocas de guerra- en un lugar cercano a un campo de concentración.
El llamado tocó su corazón. Pensó… será una perla grande para mi collar, creo que seguiré enhebrando, trabajos, fatigas, sueños…
Terminada la disertación, en un pequeño escritorio –al fondo del salón- tomaban nota de las personas que emprenderían esa travesía…
La tarea elegida, la llevaría aún más lejos, con otros cambios, debía volver a emprender otra lucha.
Se sentó entre la gran cantidad de sillas… lo pensó, midió las consecuencias… era cuidadosa en sus decisiones.
A pocos metros desfilaban personas llenando planillas. Gente que estaría inmersa en un voluntariado lejano, humano y difícil.
Aclaró su mente. Se levantó, tomó su bolso, y se presentó ante el escribiente.
¿Señorita?, preguntó el oficinista. 
Elena expresó: Deseo anotarme, quiero compartir esa lista para llegar a la India, al hospital de voluntarios.
¿Profesión?, prosiguió el escribiente. Médica pediatra contestó la mujer.
Así, con esa planilla, consciente de que los datos eran propios, se dio cuenta de su difícil decisión… otra perla.

A su regreso le comunicó a sus padres… en silencio escucharon la sorpresiva noticia.
Su hermano observaba el momento, pensaba que su única hermana y amiga lo dejaría, y entre ellos se alzaría la distancia y…
Ya había terminado la primera guerra mundial, ¡qué oscuros recuerdos, qué duras consecuencias había ocasionado! Todo se tornaba desconocido.
¿Adónde la llevaría esa travesía? ¡Tan lejano todo!
Sus padres eran audaces y aceptaron. Otro país, otra vida, con la esperanza del progreso… Elena también era valiente.
Su hermano Santiago era más estable, no deseaba seguir los pasos de su familia. No quería alejarse de su terruño.
Así, un día, Elena llegó a la India, lugar de costumbres difíciles para los latinos.
…Al llegar, la esperaba un carruaje antiguo que la llevaría al hospital, levantado en un campo desolado, en un pueblito muy pequeño, de pocos habitantes y muchos enigmas.
Cada mañana su peregrinación era constante, comenzó a trabajar con los seres carentes de salud, de amor…de todo.
Sus días eran largos –de sol a sol- en ese hospital de campaña donde la desesperanza, la soledad, estaban en primer lugar, presentes.
Una mañana llegó al lugar un pequeño de nombre Jesús, un niño africano de rulos ensortijados, desnutrido, solito, de mirada triste. Se leía en sus ojos: ¡ayúdame!
Elena fue su médica, cuidó de él, lo atendió.
Su corazón le dio lo que él venía a buscar; el amor de una madre.
Apenas tenía cuatro añitos…
Se estableció un lazo de amor entre Jesús y Elena, los dos estaban en soledad.
Jesús se repuso, creció, aprendió a vivir con afecto, ayudaba…
Pasaron los años, ya tenía dieciséis, con una educación por Elena conducida.
Era muy espiritual, quiso dedicarse a la fe.
No había Universidades ni Seminarios, pero con libros y un corazón enorme pudo acercarse a Dios, con claridad y amor a los más pequeños.
Con gran apoyo del cuerpo médico y enfermeros, organizaron junto a Jesús y Elena una escuelita de campaña, donde el joven transmitiría sus conocimientos a otros jóvenes, que crecían en el inhóspito lugar… otra perla se enhebraba.
Una tarde de verano a la hora del crepúsculo, Elena, sentada sobre una piedra, agradecía a Dios tanta paz y felicidad, después de la gran lucha.
Había elegido a Jesús, ese niño era hoy, Pastor y maestro, supo valorar a su mamá del alma… sumaba otra perla.

Se acercó al lugar, el director del hospital, Dr. Carlos Berlucci, italiano…
—Doctora, desde que llegó acá... ¡recuerdo ese día! Dios bendiga su obra.
Me siento ligado a usted en la medicina… atraído personalmente como hombre… Eres bella Elena, tu exterior denota tu espíritu noble, afectuoso. Quiero mucho a Jesús, has hecho de ese niño un hombre digno.
Anoche soñaba despierto, pensaba mirando el cielo… pensé, se me ocurre una bella idea, en este lugar donde todo es difícil… el amor es parte de la vida, está entre nosotros…
El silencio fue terrible, las miradas profundas…
El Dr. Berlucci era medianamente joven, tenía pocos años más que ella, hombre que anteponía a su estampa, un carisma especial, poseedor de grandes valores, de una inteligencia singular…
—Me olvidaba decirte, Elena; tu andar, tu figura, tus palabras, esa forma de ver la vida, se instalaron en mi retina, llegando a mi corazón por el camino más puro.
Elena quedó en silencio, ésta sería su última perla, para poner así un broche de oro a ese collar que la acompañó desde pequeña.
¡No quedaría ninguna pieza suelta!
Desde Argentina, por África e Italia llegaron a la India; no pudo la distancia separar esos tres destinos.





Datos del libro:
Con otra mirada, por Norma Sabatini, 1a ed., Villa María, El mensú ediciones, 2011, 78 p.; 20x14 cm, (Mixturas; 3). ISBN 978-987-26641-9-0.



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